miércoles, 24 de mayo de 2017

Rise (Capítulo 2)






       ZORET




Me despierta un montón de nieve que cae de las ramas del árbol bajo el que descanso.
Maldigo por lo bajo, tengo los pies congelados. Miro a mi alrededor, el paisaje no se podría definir como alegre precisamente. Hace días que abandoné los senderos, y siguiendo el curso del río congelado, me alejé del pueblo en el que me había hospedado. Ahora solo puedo contemplar árboles muertos y torcidos a causa del viento y la nieve.
Me pongo en pie, no sin dificultad, y sacudo la nieve de mis ropas. De repente noto como me rugen las tripas, a medida que he ido avanzando hacia el norte la comida ha empezado a escasear. Miro en mi zurrón solo para confirmar mis sospechas, una hogaza de pan duro y unas cuantas bayas es todo lo que me queda.
Suspiro con fastidio y retomo la marcha, lo cierto es que no sé muy bien adónde me dirijo, solo sé que los dragones habitan en los picos más altos de las Montañas Heladas, bastante más al norte de donde yo me encuentro.
                              
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Llevo todo el día caminando, con los sentidos alerta por si encuentro algún rastro o con algo de suerte alguna presa.
Entonces veo unos arbustos moverse, el sonido que producen causa que me ponga en guardia y rápidamente me preparo para el ataque. Respiro hondo, mentalmente me digo que todavía estoy lejos del hogar de los dragones, mi arco no le haría nada a ninguno de esos monstruos.
Mis ojos están fijos en el arbusto, mientras que noto como mi mano derecha, con la que sujeto la fecha, tiembla contra mi barbilla.
Tomo  aire para intentar relajarme, pero un nuevo movimiento me hace olvidar expulsarlo.
Lentamente me voy acercando, a medida que la distancia se reduce me doy cuenta de que en realidad no es un arbusto, sino una maraña de ramas secas.
Tenso la cuerda, la flecha está lista parar salir disparada. De pronto una figura se alza entre las ramas negras.
Esto consigue sobresaltarme y hacerme errar el tiro. Pero el susto no me dura mucho, pues la figura, extrañamente, parece ser humana.
Se despereza de espaldas a mí, mientras que bosteza sonoramente. Todavía no he cambiado de posición cuando la figura se da la vuelta rascándose la nuca. Al verme suelta un chillido bastante agudo.
 -Espera, espera, espera, espera- comienza  a hablar bastante rápido- oye no he hecho nada malo, por favor baja el arco, de verdad no he hecho nada.- Gesticula mucho al hablar, me doy cuenta de que a pesar del gritito inicial, se trata de un muchacho.
Voy bajando el arco mientras le grito- sal de ahí, te vas a hacer daño.
Para mi sorpresa comienza a reírse, y brincando sale de entre las ramas. Parece que todo el miedo que pudiera haber llegado a sentir se ha evaporado.
Se posiciona ante a mí frotándose el ojo izquierdo. No es más que un chiquillo enclenque de unos quince años. Unas greñas marrones le cubren parte del rostro, es tan pálido como todos los habitantes de estas montañas, y varias pecas le adornan la cara.
A pesar de toda la ropa de pieles que lleva, se puede ver que está tan delgado que parece no haber comido en semanas.
Lleva una especie de cinto negro que le cubre orejas y ojos, cómo es posible que me haya visto si tiene los ojos tapados. Parece  que nota mi extrañeza hacia la venda, porque se la quita dejando al descubierto un par de ojos del color de los azulejos de montaña*.
 -Se puede ver a través- me habla como si nunca le hubiera apuntado con un arco- los hice yo mismo para evitar que los irnis pongan huevos en mi cerebro- una amplia sonrisa orgullosa le cubre por completo la cara.
 -Para empezar, si realmente tuvieras cerebro no creerías que existen los irnis- le pico con una sonrisa socarrona, a él en cambio se le ha esfumado la suya y en su lugar ha aparecido una mueca de indignación.
 -Claro que existen, son criaturas del bosque, los irnis son conocidos por vivir en lugares muy fríos, como esta nieve que nos rodea. Son muy territoriales, y a la hora de poner huevos prefieren colocarlos dentro de animales de sangre caliente. También se creía que eran criaturas malvadas, porque atacaban a todo aquel se cruzara por su camino provocándole una inmovilización total o parcial del cuerpo. Yo creo que simplemente no saben controlar su emoción, imagina a alguien viviendo sólo en este lugar, sería de lo más aburrido. Pues a ellos seguro que les pasa lo mismo, y claro se alegran tanto de ver a gente que no se controlan.- Termina su pequeño discurso sin darse cuenta de que realiza demasiados aspavientos al hablar.
-Chaval, todas las “criaturas del bosque” que creas que existen, no son más que un cuento que las madres usan para hacer que los niños se porten bien y se duerman por la noche.- Me he entretenido demasiado hablando con él, he de reemprender mi marcha, es hora de terminar con esta charla improvisada.- Mira, ha sido un placer, pero tengo que irme, ya voy con retraso.
-¿A dónde vas? Por aquí no hay nada interesante.
-Eso mismo digo yo, ¿qué haces aquí tú solo? ¿Quién eres?
-Yo soy el gran Zoret, y he venido aquí para demostrar que no estoy chalado. Voy en busca de criaturas del bosque para capturarlas, y de esa forma todos verán que digo la verdad y que no estoy loco.- A medida que habla su voz se va alzando tanto que termina en un grito, lo que contradice un poco la idea de negar su falta de cordura.
-Mira chaval…
-Zoret, me llamo Zoret.
-Mira “chaval”- le recalco esa palabra- vuelve a casa con tu madre, que la tendrás preocupada, y déjate de tantas tonterías.
-Pero yo no puedo volver si no llevo conmigo ninguna criatura- está bastante alicaído, pero no pienso dejar que eso me afecte, tengo una misión por delante que pienso cumplir.
-Tengo una idea para ti- eso parece animarlo, pues levanta su cabeza hacia mí- la próxima vez lo único que tienes que hacer es dormir sin ese raro antifaz tuyo, así conseguirás que los irnis pongan huevos en tu cerebro, y podrás volver con ellos a casa.
 Empieza a soltar maldiciones por lo bajo y a patear la nieve, mientras yo me rio de él.
- Venga ya, ¿qué tienes cinco años?
-No, tengo diecisiete- responde furioso. Vaya, por su aspecto habría jurado que no llegaba a los quince, y su pataleta no ha ayudado mucho.
-Bueno da igual, yo tengo que irme y tú deberías hacer lo mismo.
-Espera un momento, yo he respondido a tu pregunta, pero tú no has respondido la mía.- Se cruza de brazos mirándome fijamente. 
-¿Pregunta? ¿Qué pregunta?- Realmente no recuerdo qué pudo haberme preguntado.
-¿Adónde vas? Se ve claramente que tú no eres de por aquí, por eso me interesa saberlo. Si mueres me sentiré terriblemente responsable.- Termina con un dramático suspiro y con la mano sobre su frente.
-Si muero, tú no sabrás que lo he hecho.- No quiero que nadie sepa adonde me dirijo, podrían estorbarme en este nuevo negocio.
-No evadas el tema, respóndeme- es bastante tozudo.
-Si  te lo digo, ¿te irás y me dejarás en paz?
-Sí- responde triunfal.
-Voy a cazar dragones.



Rocío Diestro García



* los azulejos de montaña son unos pajaritos azules, esta es una imagen:

Ya he vuelto, y como leeréis es la continuación de Rise 😆😆😆.
No sabéis lo que ha costado buscar los nombres para Zoret y para los irnis 😂, ya os lo dije soy negada para los nombres.
Bueno comentad si os ha gustado, si tenéis alguna sugerencia, o simplemente para saludar.
Hasta la próxima 😎.

viernes, 5 de mayo de 2017

Soledad







         SOLEDAD







Pensaba que ya no la encontraría, llevaba días buscándola, sin embargo allí estaba, sentada con las piernas cruzadas, detrás de la estatua del ángel.
Siempre se había sentido cómoda en aquel lugar, yo en cambio todavía a día de hoy sufro escalofríos al pasar por allí.
Miraba fijamente la tumba de sus padres, seguía sin zapatos y con el mismo camisón que llevaba la última vez que la vi, antes de escaparse del hospital.
No fue hasta que llegué a su altura que me di cuenta que en realidad tenía la mirada perdida, mirando al infinito. Muchas veces me pregunto si era porque mantenía conversaciones internas, reflexionando sobre todo lo que le estaba pasando, o si realmente dejaba su mente en blanco como solía afirmar.
Le puse mi chaqueta sobre sus hombros y me senté a su lado, parecía que ni siquiera se había dado cuenta de mi presencia, sus ojos seguían fijos en las lápidas.
Nos mantuvimos en esa misma posición varios minutos, hacía frío, empezaba a sentir los miembros entumecidos. Sin embargo seguimos sin decir nada, mirando a la nada.
El viejo farol seguía titilando a nuestras espaldas, al igual que la primera vez que fuimos, sin ser capaz de extinguir las sombras que se alzaban, y que parecían a punto de engullirnos en una oscuridad total, absoluta, eterna.



Rocío Diestro García





Bien volví con un pequeño relato para matar un poco el gusanillo de la escritura😈. Estoy preparando un primer capítulo para Rise, espero que os guste.
Nos leemos pronto😎.